lunes, 26 de agosto de 2013

Cuando un loco te interroga en una camionetica


     Cuando uno es un usuario frecuente del transporte público venezolano es fácil imaginar varios escenarios posibles dentro de alguna de estas unidades.  Al subir a una “camionetica por puesto” existen una infinidad de situaciones que pasan por nuestra mente, un robo, un vendedor informal que ofrece sus productos a precios muy bajos, o alguna agrupación de hip hop que busca crear consciencia y llevar la palabra del señor. Sin embargo qué me dirían si les cuento que en este relato  (totalmente real) los personajes pintorescos son tres locos que conversan entre ellos y que por alguna razón notaron la presencia de este narrador.
   
     Eran poco más de las dos de la tarde cuando me encontraba esperando la camionetica que me llevaría a mi casa. Luego de unos minutos esperando, observo que una de ellas está llegando. Al pararse frente a mí, subo las escaleras y noto que está prácticamente  vacía, conté unas seis o siete personas. En las primes filas se encontraban dos mujeres muy cómodamente  sentadas que gesticulaban de manera algo frenética mientras un hombre sentado en los asientos de al lado las escuchaba y participaba con algún comentario en la conversación. Al principio no les presté mucha atención y simplemente salté la pierna de una de las mujeres, que se encontraba obstaculizando el paso del corredor central del vehículo.
     
     Ya sentado,  y mezclado con los pasajeros de las parte de atrás de la camioneta me preparaba para un viaje común y corriente hasta mi casa. En ese momento la conversación de estos tres personajes llegó a mis oídos. La mujer sentada al lado de la ventana comienza a decirle a la otra: “…oye yo a veces sigo escuchando al diablo, ya no tanto como antes pero de vez en cuando me habla, yo ya no le paro bolas y me deja tranquila” al escuchar este comentario una mueca de gracia se asomó en mi cara (GRAVE ERROR). El hombre sentado al lado de las mujeres me vio, fijándose definitivamente en mí. Dedicándome una mirada de pocos segundos el sujeto me pregunta: “¿Estás hablando solo?” (Mientras yo sacaba mi celular para intentar desviar mi atención hacia otra cosa), a lo que yo respondo: “No, simplemente voy a mandar un mensaje y me acordé de algo…” y por ahí comenzó la cosa.
     
     Un interrogatorio había comenzado: “¿A qué te dedicas?” (Estudio) “¿Qué estudias?” (1er dato falso: administración) “pero tú eres joven tú cédula debe comenzar por 19 millones” (2do dato falso: 23 millones) “Eres jovencito, 25 años tienes entonces” (3er dato falso: tengo 24) “Estuve cerca entonces!”. Mientras más preguntaba más lo observaba y notaba características de este personaje, sin dientes centrales, pelo gris con algunas secciones aun negras, le calcularía  1.80 m y contextura fuerte, vestido con jean y una sudadera negra, sin camisa. “cuéntame, ¿Y cuando te gradúas?  (4to dato falso: El año que viene) “Ahhh muy bien, yo voy a estudiar derecho, ahora en dos años, cuando salga del manicomio” (En ese momento pelé los ojos y terminé de entender en la real cagada en la que se había convertido este viaje que debía ser cotidiano, solo hubo una frase que apareció en mi mente: ¡Mírame esa cagada!”
     
     En esta misma tónica la conversación (obligada) continuó y descubrí que una de las señoras al lado del sujeto en cuestión era según él “abogada”, y que el hermano del hombre manicomio trabajaba en un helicóptero (A mi mente llegó el nombre del famoso locutor del helicóptero rojo: Renato Yánez). De repente el hombre manicomio comienza a intentar adivinar mi personalidad, que si me gustaban los libros, investigar y si tenía lo que él llamó “el don de deducir las cosas”. Sintiéndome incómodamente alagado le seguía la corriente mediante respuestas cortantes que dejaran la conversación hasta ahí. Fue imposible.
    
     En un momento dado un señora,(clásica habitante del cafetal) toda arreglada y con una pollina muy característica, le pidió al hombre manicomio que se callara pues ya estaba fastidioso. El hombre dio un brinco desde los primeros asientos en los que se encontraba hasta el que estaba justo frente al mío, acto seguido sacó un gato con no más de un mes de nacido y me lo arrojó a mi regazo (sí, un gato ¡Me lo tiró!) obviamente me encontraba desconcertado me hubiese imaginado muchas cosas ¿pero un fucking gato? No lo vi venir. El hombre con sus dos únicos dientes mucho más cerca que antes, me decía: “anda, tócalo, ya lo “despulgué” y está bañadito”, esto mientras lo tomaba y lo paseaba por mi cara, yo por mi parte intentaba esquivarlo. “Pero no le tengas miedo” decía, “Míralo ¿A qué te huele?”, yo bastante preocupado le decía: “A limpio, champo”  respuesta que causó una gran sonrisa desdentada.
     
     El interrogatorio se reanudó y por algún motivo, mi perplejo razonamiento en una milésima de segundo mencionó que practicaba artes marciales (FUCK!!!). El pana, explicando que era cinturón negro 2do dan en Karate do, procedió a explicarme como se daba el golpe, mostrándome sus nudillos (que no lo puedo negar, delataban que sí había practicado artes marciales) hizo demostraciones de la técnica y comenzó a golpear el aire mientras yo esquivaba sus manos que se dirigían a mi cara, sin fuerza,  sin embargo tampoco quería que el hombre manicomio tocara mi cara… creo que esto es perfectamente entendible. En ese momento comenzó a sonar Shakira y las mujeres comenzaron a bailar… y cantar, la conversación sobre la voz del diablo ya había acabado.
    
     En ese momento decidí que era hora de bajarme, casi dos cuadras antes de mi parada, pero ¿me importaba? Ahhhhhh, no, no lo creo. Poniendo fin a nuestra conversación me dirijo al señor sonrisas del manicomio y le indico que esta era mi parada, el hombre me dio paso despidiéndose amablemente. Me levanto, doy dos pasos y escucho detrás de mí “¡Estudia carajoooo!” (dos palmada muy fuertes en mi espalda), “¡Gradúate nojodaaaaa!”, exclamación seguida de una muy fuerte nalgada… si, nalgada. Comprenderán que al bajarme de la camioneta realmente no sabía realmente lo que había sucedió, “¿Una nalgada? ¿En serio?” me preguntaba mientras me sobaba... sí, una nalgada para despedirme, sin dudas me graduaré, eso es seguro.

     
     Y así terminó ese viaje, con una terapia y una nalgada motivacional, de nuevo¡Míiiiiirame esa cagadaaaa!

2 comentarios:

Natasha Guevara dijo...

Míiiirame esa caragada!!!!! jamás superaré lo del gato y mucho menos la nalgada... WTF!!! esa gente se fumó un pacochimbo.. seamos honestos

Anónimo dijo...

Estimado DRK: Muy simpatico y aleccionador tu relato. De hecho la forma como lo presentas me genero la duda si esta situacion la vivistes o fue una reproduccion de tu gigantesca imaginacion. Sin embargo, Soy de los que expreso, que por lo general la realidad supera a la ficcion. Un Gran Abrazo.

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